Ésta es la razón por la que se plantan rosales en los viñedos, y no es como adorno

La razón te va a sorprender. Esos rosales son alarmas biológicas. Baratas, ecológicas, hermosas y muy efectivas.

Paseando estos días por los viñedos del sur de Francia y el norte de Italia, lo que en moderno diríamos hacer enoturismo (y que me encanta), me ha vuelto a sorprender ver grandes rosales plantados cerca de los caminos que bordean los campos de vides. ¿Será un adorno para hermosear los cultivos? ¿Les ha dado a los agricultores europeos por la jardinería?

Hermosa alarma biológica

El culpable de esta inusual acción jardinera de los viticultores es un grupo de hongos parásitos microscópicos conocidos como oidium, denominado en castellano oidio. Si infecta las viñas afecta a sus hojas, brotes, sarmientos y racimos, provocando graves daños a las plantas que reducen a mínimos tanto la cantidad como la calidad de la uva.

La buena noticia es que hay tratamientos naturales para combatirlo como usar azufre, extracto de cola de caballo o de salvia. También hay tratamientos químicos, claro, pero esos me gustan menos.

La mala noticia es que es fundamental detectar su presencia muy pronto, nada más aparecer, antes de que la plaga se haya extendido y ya sea imposible pararla. Y ahí entran en juego los rosales. Porque este hongo también tiene predilección por sus delicadas flores. Las invade antes incluso que lograr entrar en los viñedos. Por eso se plantan rosas entre las vides, para que si en algún momento aparece el hongo malote, sean las rosas las que avisen al agricultor.

Y es fácil detectarlo. Las plantas se cubren de un polvillo blanquecino, razón por lo que a esta enfermedad también se la conoce como ceniza o blanquilla.

Primera plaga americana

Al igual que otras plagas de hongos, el oídio llegó a Europa procedente de Estados Unidos, detectándose por vez primera en el año 1845 en cultivos de Francia y Gran Bretaña. Desde allí luego se extendió rápidamente por toda Europa. Fue la primera gran plaga americana. La pesadilla de los cultivos. Sobre todo en años secos, que por culpa del cambio climático cada vez son más frecuentes.

Los daños del oídio pueden llegar a ser críticos, reduciendo la cantidad y calidad de la uva, e incluso afectando a posteriores añadas de vino. Pero las bellas rosas nos ayudan a evitar su avance. Y por el mismo precio hermosean el campo pintándolo de colores, olores e insectos felices.

Suelos floridos

Algo que me sigue sorprendiendo cuando paseo por los viñedos de Francia e Italia, y que por desgracia los diferencia radicalmente de la mayoría de los viñedos españoles, es el respeto al ecosistema y a su paisaje. Los viñedos apenas se aran, las hierbas y flores campan a sus anchas por estos campos vivos, tapizándolos de verde. Solo se siegan de vez en cuando para que no sobresalgan por encima de los pámpanos de la vid. Una imagen muy diferente a la de esos viñedos ibéricos permanentemente laboreados, con las tierras desnudas, donde lo único vivo son las viñas.

Es la costumbre, es verdad, pero cada vez hay más evidencias científicas confirmando que favorecer esta naturalización florida de los viñedos es una técnica agrícola eficiente y sostenible para combatir el cambio climático, preservar el medio ambiente, reducir costes y, sorpréndanse los incrédulos, evita el avance de plagas, mejorando la calidad del fruto y del vino.

Esos suelos floridos son un foco de biodiversidad, refugio de insectos, lombrices y aves. Gracias a ello, aumenta de forma natural la materia orgánica, la tierra está más esponjosa y filtra mejor el agua, evitando la erosión y la escorrentía frente a fuertes precipitaciones que directamente se podrían llevar la tierra fértil y abrir cárcavas en el suelo que dejasen las raíces al aire.

Cada vez más ecológicos

Otra novedad es que cada vez hay más viñedos de cultivo ecológico. Según la Organización Internacional De la Viña y el Vino, la OIV, en el mundo ya hay más de 500.000 hectáreas de viticultura ecológica certificada. España está a la cabeza, por delante de Italia y Francia. Estos tres países representan el 75% de toda la producción de este tipo en el mundo. Extensión que no para de crecer.

En el caso español, del casi millón de hectáreas de viñedos cultivados, 131.183 hectáreas son ya ecológicas. Gracias a ello se envía un potente mensaje al consumidor de respeto al viñedo, y por esto mismo, se vende mejor que el vino de cultivo tradicional basado en el uso de plaguicidas y fertilizantes de origen químico.

Ha costado cambiar el chip, pero cada vez hay más consenso en que si queremos cuidar un producto alimentario es fundamental cuidar la tierra que lo produce. Esas flores que crecen entre viñedos y los pajaritos que cantan y hacen sus nidos entre las viñas son la mejor prueba de lo acertado de este cambio.

Lógicamente, la calidad de los vinos obtenidos en los cultivos también lo ratifica.

 

FUENTE: BLOGS.20MINUTOS.ES

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